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Alquilando coches en la isla de Mykonos, que no todo es alquilar hoteles

. martes, 18 de junio de 2013
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Son muchas las actividades que podemos hacer en Mykonos, a pesar de ser una isla muy pequeña, contamos con muchos lugares para visitar, muchas rutas específicas que podemos hacer y bastantes zonas recónditas para conocer.


 La isla de Mykonos destaca por su atenuante belleza y por unas de las mejores playas del país de aquí, parte una de las razones principales por las cuales Mykonos se ha convertido desde hace ya años en uno de los destinos favoritos por turistas de todo el mundo.

Algo muy común en las personas que van de visita a Mykonos es el interés por ver todo aquello que le recomiendan, perderse por las distintas sendas que contiene la isla. Aunque uno de los puntos principales sea la playa, lo cierto es que Mykonos cuanta con un importante territorio en el que podemos encontrar infinidad de rincones para visitar.


Buena parte de los turistas que van de visita a la isla de Mykonos optan por alquilar un coche para excepcionar el territorio esto, es muy bueno para cuando vamos con un grupo grande de amigos ya que podremos turnarnos en el coche para conducir por ejemplo además, podremos compartir una experiencia muy bonita en un lugar de ensueño.

Este tipo de práctica es tan sonado que muchos hoteles en Mykonos han posibilitado el alquiler de un coche para hacer estas rutas o al menos, cuentan con un convenio importante con una empresa de alquiler de coches o viajes para que los turistas, puedan hacer el recorrido en ellos por la isla sin problema alguno.

Por otro lado, si quiere buscar un hotel en Mykonos con nuestro nuevo site tenemos todo lo que necesita para encontrar el más deseado. Los hoteles en Mykonos están muy solicitados debido a la importante cantidad de personas que van como turistas y más, en estas épocas del año.


¿No encuentra un hotel en Mykonos que se adapte a lo que busca? ¡Tranquilo! Le aseguramos que con nuestra página podrá tener a su alcance todos los hoteles en Mykonos que están de moda y que tienen completa disponibilidad.


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Peñíscola, de los destinos más reclamados en España

. viernes, 14 de junio de 2013
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Situada en la provincia de Castellón y enclavada en la conocida Costa de Azahar, Peñíscola es uno de los destinos turísticos más reclamados en España, algo que no es de extrañar si tenemos en cuenta los amplios atractivos que podemos encontrar en esta pequeña localidad que apenas cuenta con 8 mil habitantes, sin embargo esta cifra aumenta por la presencia turística especialmente durante los meses estivales.

A pesar de que Peñíscola sea conocida principalmente por su turismo de “sol y playa”, donde podremos encontrar diferentes playas arenosas y temperaturas agradables durante todo el año así como también una amplia infraestructura de hoteles en Peñíscola orientada a este tipo de turismo, hay que decir que la localidad destaca también por su legado histórico,  destacando su puerto fortificado y el Castillo de Peñíscola, que actualmente es una de las grandes atracciones turísticas. Por otra parte, otro de los aspectos destacados de Peñíscola es el Festival Anual de Cine que tiene lugar en la localidad y que reúne a numerosos actores y directores de cine y en el cual se proyectan una gran variedad de películas.

La gastronomía local es otro de los puntos fuertes de Peñíscola, donde podremos encontrar todo tipo de platos propios de la dieta mediterránea siendo la paella el plato más reconocido y popular de la zona.  Finalmente los amantes de la naturaleza podrán satisfacer sus necesidades en el Parque Natural que se encuentra ubicada en la Sierra de Irta, lugar ideal para practicar senderismo, montar en bicicleta y conocer la amplia fauna de la zona.

Queda claro que estamos ante una localidad que merece la pena conocer y que cuenta con atractivos de todas las temáticas que lograrán convencer a cualquier persona, por lo que no es de extrañar que Peñíscola sea una de las localidades más comunes y frecuentes en las guías de turismo de España.

Playas de Ibiza

. jueves, 13 de junio de 2013
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Pero no todo es contemplación estática en Es Cavallet. El paisaje se mueve con algo más de vigor al final de la playa. El Chiringay se revela como un escaparate diurno del poder rosa. Aunque su oferta de batidos naturales es algo a tener en cuenta para no desfallecer en medio de tanto calor, la carta no se permite alardes: hay ensaladas, pasta, sándwiches; muy poco más.

En esta playa, una de las más concurridas, el acceso es aparatoso, sobre todo si uno elige como destino alguno de los chiringuitos más alejados del aparcamiento, como el Malibú o el de Sa Trinxa. El último es el más recomendable y visitado. La culpa de esto la tienen su atento servicio de tumbonas (un mojito, una clara para calmar la sed), la buena música que pincha sudisc jockey y una magnífica puesta de sol sobre Sa Canal.

Si se quiere seguir explorando las playas del sureste ibicenco, no está de más una parada en el restaurante de Cap d'es Falcó, sobre la playa de Es Codolar. Muy poco resguardado de las inclemencias, emplazado en una elevación del terreno y a no mucha distancia del aeropuerto, comer en la terraza puede ser una experiencia bastante molesta si se levanta viento. De no ser así, resulta gratificante probar cualquiera de los pescados del día.

De nuevo en la carretera, lo mejor es continuar, persiguiendo el sol, hasta Sa Caleta, que está convenientemente alejada de las vías principales, o hasta la playa de Es Jondal. Esta última, flanqueada en su extremo oriental por el poderoso acantilado que corona la Punta de Es Jondal, merece ser visitada aunque sólo sea por un magnífico chiringuito en el que, además de tumbonas y buena música, existe un pequeño saloncito interior, ideal para tomarse una agradable copa de sobremesa. Al estar formada la orilla por guijarros de tamaño mediano, la playa no ofrece demasiado atractivo para el bañista, pero al final del día la sensación de quietud, contrapunteada por un batir de olas más enérgico que en otras playas cercanas, resulta realmente poderosa.

Podríamos saltar de playa en playa hasta llegar a la costa norte, salpicada por un sinfín de pequeñas calas, algunas casi vírgenes y de dificultoso acceso. Pero eso sería un viaje diferente.
Una buena recomendación para elegir otra de las playas del sur de la isla es llegar a la ermita de Es Cubells, desde Sant Josep de Sa Talaia. Desde su pequeña iglesia encalada, en lo alto de una montaña reventada de pinos, se contempla una de las mejores vistas de este lado de la isla, con Formentera al fondo. Una vez allí no hay nada más fácil que mirar hacia abajo y elegir la siguiente cala a disfrutar.

Y, así, un día detrás de otro. Pero el breve paseo por estas playas debe tocar a su fin. Hay que regresar a la casa, al apartamento o al hotel para cenar y prepararse para lo que queda del día, que en Ibiza es, sin duda, mucho. Antes de eso uno puede pasarse por el famoso Café del Mar, en San Antonio, normalmente para figurar o decir que se figura en la lista de habituales de lo cool, o tan sólo por ir preparando el cuerpo para lo que aún está por llegar.
Eso es la noche ibicenca. Y un paseo diferente.

Pero lo mismo da. El atractivo del Chiringay es otro y tiene menos que ver con los placeres de la mesa que con su homónimo freudiano. Hay desfile de cuerpos esculpidos con máquinas de gimnasio a todas horas. Miradas nada recatadas.

Ganas de conocer gente. Aquí se viene a fichar, según me cuentan, para no llevarse una sorpresa de última hora, fruto de la confusión nocturna. Para aquellos que no compartan tendencia, su cometido es igualmente tentador: amodorrarse escuchando elambient que se escapa por los altavoces hasta que caiga la tarde con elegancia sobre Dalt Vila.

Siguiendo la orilla en dirección a Formentera, la playa termina en la Punta de ses Portes, y al doblar la torre que la culmina se llega a la playa del Mijorn o de ses Salines.

Pero para llegar a ella en coche es necesario tomar la carretera que rodea las salinas, una carretera que muere en el recoleto pueblecito salinero de Sa Canal.





Ibiza, joya del mediterráneo

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Hay muy pocas cosas que no se sepan de Ibiza. Desde las lejanas costas indias de Goa hasta el cinturón industrial de Sheffield, debe de haber muy poca gente que no conozca el lugar exacto donde se encuentra este antiguo enclave árabe, este pequeño pinar mediterráneo, esta isla incombustible que el tiempo ha convertido en un taller de tendencias, modas y costumbres exportables al mundo entero. La isla más famosa de los últimos 30 años ha vivido el esplendor y el duro ocaso de la utopía sesentayochista, casi sin despeinarse -aberraciones inmobiliarias aparte-, para acabar por fin reconvertida en nueva meca del technotribalismo.

Así la encontramos hoy, asombrosa y decepcionante a partes iguales, con la nostalgia de lo que un día fue y la promesa de lo que será, debatiéndose entre el fulgor de su vida nocturna y la absoluta placidez de unos días sin relojes, entre el sano hedonismo y los despropósitos químicos, entre el turismo de lujo y la vía de escape en forma de pack de cuatro noches sin día para visitantes de media Europa.

Pero hay algo más. En Ibiza corre el viento sin hacerse notar pero incesantemente, sin detenerse más que para dar la vuelta en uno de sus cabos y envolver otra vez al viajero en una especie de murmullo continuo que le anuncia que algo especial va a sucederle allí. Esto, que sin duda puede parecer un ataque agudo de misticismo, realmente se nota en cuanto uno, recién llegado del aeropuerto, pone por primera vez el pie en una de sus playas.

Por no alejarnos demasiado del aeropuerto y de la capital, nos dirigimos ahora hacia la costa más meridional de la isla, dejando atrás Sant Fransesc de s'Estany, residencia predilecta de la legión de hooligans que nunca se separan demasiado de las grandes discotecas, como Amnesia o Privilege, para llegar a las playas de las salinas.

La primera de ellas, la de Es Cavallet, es probablemente la más tranquila y mejor acondicionada para una sesión de playa cómoda y sin demasiados problemas de espacio. Si bien el aparcamiento no es excesivamente grande, cuenta con un acceso fácil, que no requiere un esfuerzo demasiado titánico para alcanzar un buen sitio para todo el día. El restaurante de Es Cavallet te ofrece, además, una pronta y amabilísima bienvenida, tanto para un tentempié en la barra como para comer tranquilamente bajo el brezo. El precio, como en cualquier otro establecimiento costero entre el Algarve portugués y la isla de Mikonos, dispuesto siempre a comerse nuestra paga extra. Pero, a estas alturas, eso es lo de menos.


Una vez levantado de la mesa, uno no tiene más que dar 10 pasos, pedir una tumbona o echarse sobre la arena, fina, blanca, y abandonarse. No hay carreras locas por la playa, sólo el suave ir y venir de la marea, el cielo azul cruzado por un avión, el agua templada, transparente, la desdibujada línea del horizonte, un libro, el breve chapuzón de media tarde, cuerpos que pasan, risas tamizadas por la brisa, a lo lejos: una cierta calma.